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miércoles, 20 de junio de 2018

El tercer conquistador - Gonzalo Jiménez de Quesada y la conquista del Nuevo Reyno de Granada

 Calaveras por carabelas


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Pedro Fernández de Lugo explicó a Gonzalo la naturaleza de los indios con los que se verían las caras: indomables e irreductibles. Usan flechas emponzoñadas y si te apresan vivo te llevan jungla adentro, sacrifican a uno de los prisioneros para comérselo (sus dos bocados preferidos son el corazón y el hígado) y al resto los castran y enjaulan para engordarlos y usarlos como manjar principal en futuras celebraciones de la tribu. Al terminar su descripción le instó a tomar la decisión definitiva, zarpar a la aventura o quedarse en España, en donde sería bien útil como hombre letrado e ilustrado que era.

Gonzalo agradeció tanto la invitación a zarpar como la indulgencia mostrada en caso de tomar mejor decisión y no abandonar la madre Patria. Pero alegó que la suya era una misión divina, evangelizadora y, además, se veía en la necesidad moral de hacer llegar la Justicia a aquellas tierras sin fe y sin credo por ser él un hombre de leyes.

Lejos de arredrarse ante el canibalismo al que podría enfrentarse, igual que el conocido por otros conquistadores en Nueva España, Gonzalo argumentó que no eran los indios los únicos que acostumbraban a arrancar el corazón a los vivos.

No era esa práctica exclusiva del indio salvaje.

Había registros más cercanos de casos parecidos. Ante la curiosidad de Pedro Fernández de Lugo, Gonzalo le narró la historia de John Houghton, el monje prior cartujo, inglés.

Dos juicios tuvo el católico. Absuelto en el primero, Cromwell exigió repetir el juicio y fue tachado de traidor al negarse a reconocer al Rey Enrique VIII como cabeza de la Iglesia en Inglaterra. Lo arrastraron atado a caballos desde la Torre de Inglaterra hasta el cadalso. Allí fue vejado y torturado antes de ser colgado por el verdugo. Pero ni soga ni caída quebraron su cuello, por lo que siguió vivo hasta que el verdugo le rajó el costado, introdujo su mano y su antebrazo en el cuerpo del católico, buscó y encontró el corazón, lo cogió y lo arrancó sacándolo del cuerpo caliente y latente ante la mirada agónica del mártir. Lo último que pudo ver fue al verdugo arrojando el corazón a las brasas.

Como vemos, los españoles no necesitaban arriesgar sus vidas viajando al otro lado del charco para contemplar la barbarie. Y esto fue solo el comienzo de una época oscura en la Europa protestante. A fecha de hoy, su mala conciencia les hace echar pestes de España para no tener que rendir cuentas de su moral perversa y pervertida al resto de la Humanidad.

Por eso desplegaban velámenes y zarpaban naos y carabelas rumbo al Mediodía. Para portar Justicia, una lengua común para todas las tribus indígenas y una Fe, la católica. Como bien dice el autor, un colombiano español, o un español colombiano, (la misma cosa es), "... Y fue así <<como los hijos del pueblo español supieron seguir, sobre el azul del mar, el caminar del sol...>>" hasta brindar al mundo la América y con ella la redondez del Orbe.

Para contextualizar, cuando el primer inglés pisó América los españoles llevaban 115 años por aquellos territorios, desde la Patagonia hasta Alaska, del Atlántico al Pacífico, habían dado la vuelta al mundo y fundado ciudades, dominado imperios y construido catedrales, universidades y escuelas para los indios a quienes otorgaron la nacionalidad española y, salvo rebeldes o traidores, quedaron liberados de la esclavitud propia de argelinos, holandeses, ingleses y portugueses.

Por eso partió nuestro Gonzalo Jiménez de Quesada, el menos soldado de todos cuantos embarcaran... hasta la fecha. Zarpó siendo más diestro con la pluma que con la espada. El tiempo le hará templar mano, pulso y acero por igual




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El tercer conquistador - Gonzalo Jiménez de Quesada y la conquista del Nuevo Reyno de Granada - Pablo Victoria
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No puedo evitar hacer un alto en el comentario de esta obra histórica para rescatar un episodio vivido en la presentación de este mismo libro a cargo de la Editorial Actas en el CEU. Porque sí, asistí a la presentación del libro y antes de hablar el autor se cedió la palabra a un caballero que nos dejó a todos boquiabiertos al descubrir que se trataba de un descendiente directo de Don Gonlzalo Fernández de Córdoba. Nada menos. Quien nos narró una anécdota en la aduana de un país latinoamericano (lamento no recordar con exactitud de cuál se trataba), cuando, hablando con un policía indio, éste se le acercó y le preguntó "¿Dónde está España?" y él mismo se contestó, mirando al descendiente, "en el corazón de todo indio agradecido".

Quesada se adentraría tierra adentro con un contingente de 1.054 hombres: músicos (gaitas, tambores y trompetas); oficiales; jinetes; rodeleros; ballesteros; macheteros; caballos y mastines. También iban pajes, religiosos, bestias de cargas e indios libres (porque estaban exentos de cargas). Hombres (los de guerra) curtidos en todos los campos de batalla europeos sometidos a nuestros Tercios.

Hombres recios hechos al vivir entre la muerte. Y a fe que en el Nuevo Reyno de Granada ésta fue su fiel compañera. Porque cayeron algunos... para qué negarlo. En la mar y en tierra, y por las alturas que necesitaron escalar, alguno también lo haría en el aire. Cayeron unas veces sin combatir, extenuados, agotados, famélicos. Otras veces empuñando una pica, una espada: ropera, vizcaína o toledana envainándola en las tripas de un rival enloquecido antes de caer rendido.


Oro - #OroLaPelícula - Agustín Díaz Yanes - Arturo Pérez-Reverte - Conquistadores - Cine Español - Cine bélico - el fancine - el troblogdita - ÁlvaroGP
Oro - Agustín Díaz Yanes - Arturo Pérez-Reverte - Conquistadores - Cine Español - Cine bélico - el fancine - el troblogdita - ÁlvaroGP

Hombres que solo miraban hacia delante, que volver la espalda era un deshonor. Si el Emperador les había enviado al fin del mundo para expandir nuestro credo y plantar la bandera de España, al fin del mundo se iba y ni un paso atrás. Hago un alto para recomendaros ver la película Oro.

Hubo combates difíciles de describir. Manglares verdes en los que ni el sol penetraba por su espesor. Dardos emponzoñados, flechas y venablos volando hacia los españoles. Balas de arcabuz, saetas e hideputas a grito en pecho volando desde los españoles. Miles de indios cayendo en enjambre sobre los españoles defendidos con sus rodelas, sus morriones y mastines que abrían brecha entre los indios dejándolos ojipláticos ante semejantes bestias.

Si gesta fue adentrarse en un continente con halo de dioses inmortales, más notable sería que siguieran avanzando cuando ya se les sabía mortales.

Colombia tiene su propia anécdota análoga al "Roma no paga a traidores" del luso Viriato cuando un indio traicionó a los españoles a los que servía. Aprovechó un alto en el camino, y que ellos no tenían dónde caer muertos para dar con el jefe indio más cercano y delatar su posición. Su traición no le salvó la vida. El cacique de turno ordenó desollarlo vivo y dárselo a los caimanes. Cuando lo llevaban abierto en canal entre gritos y estertores a los caimanes pasaron por una ribera cubierta de sapos que salieron huyendo. Desde entonces se conoce como "sapos" a los traidores en aquellas tierras.

Una de las cosas que más rechazaba la moral de los españoles era la sodomía, práctica tan habitual entre aquellos indios como el canibalismo. Para aquellos españoles, morir en combate era una de las dos opciones que tenías cuando te metías en una refriega. Pero ser apresado, torturado y sodomizado antes de ser devorado era algo que no cabía en sus mentes. Más de un español tuvo que sentir los mordiscos en sus carnes antes de morir desangrado, sintiendo los dientes, las uñas y los cuchillos cortar su piel a tiras mientras se le escapaba la vida viendo su cuerpo mordisqueado.

En descargo de unos y otros, reflexiono que las barbaridades expuestas, sobre todo las padecidas por los españoles, fueron fruto de su época, su costumbre, su cultura y su tradición. No debemos juzgar a los indios de entonces con los ojos de un occidental del s.XXI. Puede chirriarnos, contrariarnos y hasta ofendernos semejante comportamiento, pero precisamente, con el paso de los años, eso es lo que lograron los españoles, en este caso con Jiménez de Quesada al frente. Llegar a un territorio primitivo y amoral y concederles la moral y hacerles verse en si mismos como las personas que son, no como las bestias que fueron. Como bien dice el propio Pablo Victoria, los únicos y verdaderos libertadores que ha conocido América, sobre todo sus indios, fueron los españoles.

El único europeo que ejerció la barbarie (en aquellas latitudes y fechas) no sería español sino alemán. Ambrosius Ehinger, asentado en la actual Venezuela. Tal era su crueldad que el miedo lo precedía.Incesante buscador de El Dorado y cruel con propios y extraños. Murió tres días después de recibir una flecha cuya procedencia nunca se aclaró. ¿Lo mató un indio o un español? En cualquier caso su mala obra ya había germinado y por culpa suya y de sus manera se alimentó una leyenda negra que alimentaría la propaganda de los reinos enemigos de España. Lo más patético es que muchos españoles, alejados de la cultura han tomado por buena dicha leyenda y la han hecho propia.

Volviendo a los españoles, llegó el momento de conocer a los Chibchas, en el altiplano. Muy duchos en sacrificar niños en sus ceremonias. Niños que les costaban un ojo de la cara porque se los tenían que comprar a otros indios que vivían en las planicies y tenían "granjas de niños" a los que criaban para ser sacrificados.


Apocalypto - Mel Gibson - Historia en el cine - Ultraviolencia - Cultura maya - el fancine - el troblogdita - ÁlvaroGP
Apocalypto - Mel Gibson - Historia en el cine - Ultraviolencia - Cultura maya - el fancine - el troblogdita - ÁlvaroGP


Imagen sacada de mi comentario de Apocalypto en el fancine. Solo la uso para ilustrar algo semejante a lo que estoy narrando

Casi igual suerte corrían las niñas. Ambos, hembras y varones, crecían sabiendo para qué estaban creciendo y cuál era el fin que les esperaba. Las niñas se reservaban para las construcciones de moradas familiares. Entonces, o bien niñas compradas para tal fecha, o bien las propias hijas del cacique de turno eran degolladas para verter su sangre en los agujeros en los que meterían los pilares de su propio hogar. Así aseguraban felicidad eterna a sus futuros moradores, en muchos casos: sus padres y hermanos.

En estas tierras les dieron a conocer, los indios, la coca a los españoles. Por entonces el consumo de su hoja masticada les salvó la vida. Primero porque la conocieron después de una marcha interminable sin alimentos y dicha coca sirvió para quitarles la sensación de hambre y darles fuerzas para avanzar. También para avanzar en vertical, escalando montañas imposibles, sin alimentos, para evitar una vez más el hambre y, también, el miedo. Los indios la usaban también antes de sacrificios masivos, para que la fiesta y la orgía precediera al ritual y seguro que también para insuflar no fuerza sino temeridad a los guerreros.

Podría alargar el artículo.


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No he hecho más que seleccionar algunos pasajes de la obra de Pablo Victoria para poneros un anzuelo que espero mordáis. Me he limitado a arañar con mis uñas la superficie de la portada de su libro. Un libro preñado de Historia y amor a España que os recomiendo leer encarecidamente si de verdad estimáis mi consejo.

Eran hombres de otros tiempos. Duros consigo mismo. Duros con sus familiares. Con sus camaradas y sus compatriotas. Duros con el amigo e implacables con el enemigo. Capaces de amar al hermano tanto como de reconocer el valor en el hombre que les ha ensartado o al que están ensartando. Otros tiempos, otros procederes... pero así con todo, supieron erradicar el sacrificio y consumo humano y la esclavitud allá donde pisaron con sus botas.

Así se hizo un nombre don Gonzalo Jiménez de Quesada. Así conquistó el Nuevo Reyno de Granada. Así liberó a los nativos y contribuyó a su culturización y así se forjó el tercer conquistador.



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lunes, 9 de octubre de 2017

Los últimos de Filipinas: Mito y realidad del sitio de Baler

Los últimos de Filipinas

Mito y realidad del sitio de Baler

Miguel Leiva y Miguel Ángel López de la Asunción


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Miguel Leiva y Miguel Ángel López de la Asunción
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Con mención a 1898: Los últimos de Filipinas, que pronto comentaré en el fancine

No sabría deciros cuánto tiempo me ha llevado decidirme a escribir esta entrada. Demasiado, eso seguro.

Una entrada deseada y esperada, por mi el primero, pero que se me ha resistido como gato panza arriba. Bueno... se me ha resistido como un español en Baler.


Dándolo todo, careciendo de todo, menos del sentido del deber y su orgullo


Aquí estoy, remangado, con los cascos puestos (escuchando a Mark Knopfler en la banda sonora de Altamira) y dispuesto a hacer justicia a unos españolitos, como tú y como yo, que supieron honrar a España en el quinto pino, olvidados, denostados, tomados por locos, injuriados, asediados, enfermos y hambrientos.

Unos españoles que pusieron, sin saberlo, el broche a un Imperio



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Miguel Leiva y Miguel Ángel López de la Asunción
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Con mención a 1898: Los últimos de Filipinas, que pronto comentaré en el fancine

Para mejor entender mi referencia al Imperio español me vais a permitir resumirlo (si es que soy capaz) y darme un paseo por cómo llegamos hasta este episodio épico de nuestra Historia. Para que tenga sentido.

Un Imperio que nació del esfuerzo de todos los pueblos cristianos de España. Un Imperio que se forjó con acero y sangre. Un Imperio que nació en Asturias, también sin saberlo: que unió y reunió a todos aquellos que luchaban por su Libertad, por su identidad y por su tierra. No faltaron guerras fratricidas (si no no os estaría hablando de la Historia de España: sirva como ejemplo echar un vistazo a Cataluña y la que han liado en los últimos meses los despojos que tenemos por políticos) entre cuyas figuras históricas y legendarias destacó nuestro Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid. Reinos hispanos que supieron lamerse sus heridas: castellanos, aragoneses, leoneses... aparcaron sus diferencias e hicieron causa común para defender su credo y su tierra. Rivales amigados. Castellanos, leoneses, gallegos, aragoneses e incluso portugueses apuntaron al sur con sus mandobles y extirparon el mal que asolaba la península al grito de "¡Cierraspaña!"


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Iglesia de Baler en la que nuestros héroes se hicieron fuertes y resistieron el asedio - Foto autorizada por los autores del libro
Los últimos de Filipinas: Mito y realidad del sitio de Baler
Miguel Leiva y Miguel Ángel López de la Asunción
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Recuperada la península por los Reyes Católicos, España se les quedó pequeña, como españolitos (incipientes) que eran. Se unieron a Colón y no dudaron en cruzar el charco para poner la bandera blanca y verde de nuestros monarcas con su Y (de Ysabel) y la F (de Fernando): origen del yugo y las flechas que han lucido nuestros monarcas hasta Juan Carlos I, con Felipe VI se esfumaron.

El mismo "¡Cierraspaña!" que entonaron nuestros tercios, con el Gran Capitán en cabeza. CervantesAlatristes anónimos, hijosdalgo, soldados, nobles y plebeyos... todos a una durante siglos.

Qué contaros. España descubrió América y conquistaron Nueva España y buena parte de América con los Hernán Cortés, Pizarro y demás conquistadores. Con los años, fletamos naos (Victoria con Magallanes primero (el portugués que precisamente tomó Filipinas para España) y Juan Sebastián El cano después, amén de Trinidad, Santiago, San Antonio y Concepción), que dieron la vuelta al mundo, conquistaron medio y el otro medio los temió. Mejores barcos, mejores navegantes, mejor infantería del mundo (los Tercios Españoles)... lo teníamos todo. Con el paso de los años aparecerían los Bernardo de Gálvez, Blas de Lezo... y un sin fin de héroes olvidados y denostados que defendieron nuestra Cruz de Borgoña en el Imperio en el que nunca se ponía el sol: desde Argentina hasta Alaska (llegando a entrar en guerra con el Imperio Ruso); desde el Perú hasta Filipinas. Y a un tris estuvimos de colonizar decentemente "Austrialia", la posterior Australia.

El mismo "¡Cierraspaña!" con el que tendrían pesadillas los filipinos que asediaron a nuestros valientes... El "¡Cierraspaña!" santo y seña de los hijos de Santiago.

En Baler perdimos todo, menos la honra.

Se pueden perder imperios... pero solo lo pueden perder quienes lo han tenido. 

Y el español se perdió, a la española. Con chulería.

Damos un salto de quinientos años para no retrasar más mi entrada en materia con los de Baler. Desde que Colón plantó la cruz en América, y con ella la bandera cuartelada del castillo y del león. América, trampolín para llegar hasta Asia, y dentro de Asia, a Filipinas. 300 años en la especería de Ultramar, donde Cristo perdió los clavos.

Pero todo lo bueno tiene un final.

Nuestro Imperio iluminó durante siglos al resto del mundo. Y tanto ardió, que se consumió. Enquistado en peleas fratricidas, a cuchilladas con regiones traidoras (insisto: de total actualidad) y rodeados de hienas que esperaban que cayera el león para arrancarle la piel a tiras. El león cayó, pero antes de cerrar los ojos, dio un último zarpazo... en Baler.


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Allí un puñado de soldados hizo que España fuera respetada, incluso cuando la arrancaban la piel a tiras. El Batallón Nº2 de Cazadores Expedicionarios izó la bandera de España en Baler e hizo valer el valor español haciéndose fuertes en una iglesia. Resulta alegórico que la última protección que recibiera nuestro Imperio fueran las cuatro paredes de una iglesia, cimiento de civilización y de moral implantada por los nuestros allá por donde pasaron (ya podéis leer "Hernán Cortés y La Historia verdadera de la Conquista de Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo", con la que prometo sorprender a más de uno).

Valientes españoles que, aislados del mundo entero, desconocieron la realidad agónica de la España de su tiempo y se enfrentaron a un episodio histórico que puso un broche de oro a un episodio triste. Una vez más, la dignidad de España, dirigida por ineptos fue rescatada por los españoles de a pie, con su sangre, valor, orgullo y sacrificio.

Cuando estos españoles se hicieron fuertes en la iglesia de Baler, España estaba a punto de perder Filipinas. Pero ellos lo desconocían. Por lo tanto, asediados como estaban, no les quedó otra que tirar de épica y fortificar la iglesia decididos a salvar la plaza o morir en el intento.

El único refuerzo con el que contarán, en toda su aventura, serán dos frailes españoles, misioneros en una provincia cercana. De entrada había un cura en el destacamento, el Padre Gómez-Carreño, que fallecería durante el sitio víctima del beriberi y de un catarro intestinal. Dicho refuerzo llegaría todavía en vida del padre, cuando los filipinos enviaron a los dos frailes que tenían "prisioneros" (hay que tener valor para tener prisionero a un fraile) para negociar la rendición de sus compatriotas y se unieron al destacamento. Ambos sobrevivieron al padre Carreño y seguirían en Baler (por la fuerza) al término del sitio.


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El beriberi es una enfermedad que afecta al sistema nervioso y cardiovascular, fundamentalmente por falta de Vitaminas. Esta enfermedad fue más tenaz y efectiva que las fuerzas filipinas. Se llevó a un buen puñado de soldados españoles, sobre todo conforme avanzaba el sitio y menguaban los alimentos. Otro factor fue la higiene. Ambos fueron "paliados" con ocurrencias de primera: procurar dicha higiene preparando una zona de letrina hacia el exterior; la preparación de un pozo para tener agua corriente y la incorporación de las vitaminas, con hojas, frutos, semillas y todo lo que pudieran recolectar en salidas furtivas y/o cosechar en un huerto improvisado.

51 soldados en 300 metros cuadrados, casi a oscuras con un calor constante y una humedad insoportable. Hubo que tomar medidas, a parte de las expuestas arriba, para alimentarse y cuidarse. Oxigenación reacondicionando la iglesia y procurar cierto ejercicio físico para no perder las condiciones físicas y mentales necesarias para resistir un sitio indefinido.

Un grupo heterogéneo que supo intercalar sus habilidades para, como bien dicen los autores de este libro, a quienes dedicaré un par de párrafos al final, exprimir cada cual sus habilidades para soportar el sitio y sacar el máximo rédito a las peores condiciones posibles: no solo fortificaron la iglesia, también hicieron un pozo, una huerta, construyeron letrinas, se hicieron su propia ropa y calzado y, para colmo, aprovecharon hasta el último cartucho sin desperdiciar ni malgastar nada. Una cáscara de naranja, una calabaza... hasta supieron usar las telarañas para curar las heridas propias del combate.

Pues combatieron. No solo contra los filipinos, también contra el hambre, la sed, la enfermedad y lo que es peor, contra traidores. Porque también los hubo: desertores. Pocos, pero los justos para dar a conocer a los filipinos las condiciones en las que sus compatriotas se encontraban y los detalles de inteligencia para conocer cómo estaban equipados y organizados en su resistencia. Pero quiso Dios que ni siquiera los traidores pudieron reducir a los españoles de verdad, de los que se persignan, miran al cielo, besan la bandera y gritan, todos a una, "¡Cierraspaña!"

Todos menos los desertores... cobardes traidores a la Nación que se ofrecieron como mediadores entre filipinos y españoles. Desertores. Despojos desalmados sin patria ni honra ni orgullo ni vergüenza. Desertores...

Cobardes porque viéndose rodeados, asediados y amenazados por el Katipunan desertaron y abandonaron a los suyos.


Martín Cerezo se negó a parlamentar con ellos y advirtió que como viera asomar la cabeza a un desertor traidor se la volarían de un disparo.


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El Katipunan fue el germen del Ejército Revolucionario Filipino. Fundado por el tagalo Andrés Bonifacio fue una Sociedad Secreta formada para boicotear y hostigar a los españoles antes de la insurrección. 

Nada se supo del sitio de Baler hasta seis meses después de comenzar, cuando un periódico de Manila, El soldado español publicó la noticia el 1 de diciembre de 1898. Noticia en la que hablaba del Capitán de Las morenas y su resistencia. Llegaron incluso a telegrafiar a Madrid e inyectaron algo de moral en la opinión pública española tras tantas malas noticias: un grupo de valientes irreductibles mantenían bien alto el pabellón español en aras del cumplimiento del deber, lejos, en Baler. Llegaron a pedir el envío de un buque de guerra para repatriarlos pero la inoperatividad del gobierno de Sagasta (un Rajoy de aquellos días) hizo que la iniciativa se frustrara.


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Los españoles también hicieron salidas. Por ejemplo la de Chamizo y Alcayde, con el doble objetivo de prender fuego a un bahay enemigo (una casa fortificada) y dar moral a la tropa, mermada por las bajas y por la enfermedad.

Incluso los americanos intentaron mediar para rescatar a los españoles. El USS Yorktown intentó repatriar a los nuestros, pero lejos de conseguirlo acabaron perdiendo algunos de los suyos a manos de los filipinos y un buen puñado de ellos quedaron apresados por las fuerzas revolucionarias. No lograron sacar a los españoles de la iglesia ni mucho menos llevarlos a Manila.

Por Baler desfilaron algunas autoridades españolas, del extinto imperio español, sobre todo algún que otro oficial residente en Manila. Martín Cerezo, temeroso de un engaño o de una traición no daba crédito a ninguno de ellos. Uno de los más destacados sería el Teniente Coronel Aguilar, con la misión de evacuar al regimiento tras la firma de paz entre Estados Unidos y España y cedida la soberanía a los americanos. 


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Nunca contemplaron la capitulación. Solo tenían una opción, resistir hasta el final, aunque pasados los trescientos días de asedio empezaron a concebir la idea de hacer otra salida, la definitiva, para huir hacia Manila. Una huida que provocará un quebradero de cabeza a Martín Cerezo. Tenían dos traidores entre los suyos, apresados desde hacía tiempo, a espera de un juicio. Los tenían retenidos por intento de fuga y traición. Pero el dilema se presentó llegado el momento para preparar la fuga hacia Manila: no podrían huir con los dos traidores. No podrían llevarlos consigo: si es encadenados porque entorpecerían la marcha, si iban libres porque podrían volver a traicionar a los suyos, y delatarlos, causando la perdición de todo el grupo. En este punto Martín Cerezo se la jugó ejecutándolos antes de la fuga.

En medio de los preparativos, a la espera de una bajada de guardia de los filipinos, Martín Cerezo releyó un periódico y cayó en la cuenta de una de las noticias de movimiento de personal en el que Francisco Díaz Navarro había sido destinado a Málaga. Esta lectura hizo que comprendiera que era cierto, que Filipinas ya no formaba parte de España. Díaz Navarro era su amigo y en su momento, el uno fue destinado a Cuba y el otro a Filipinas. Martín Cerezo sabía que tanto la novia como la familia de su amigo vivían en Málaga, ergo esta noticia no podrían habérsela inventado.

Cambia toda la película.

Toca hablar con los filipinos.

Al final se pudo negociar una salida honrosa y pactada con los oficiales filipinos. Éstos accedieron a aceptar las cláusulas españolas siempre y cuando no resultaran vergonzantes. Ambas partes llegaron a un acuerdo y firmaron. El único borrón fue que no dejaron partir a los frailes, a quienes mantuvieron retenidos. Formalmente "libres" pero sin poder ejercer su ministerio.

El viaje desde Baler hasta Manila es otra historia llena de infortunios y traiciones de los filipinos: palizas, trampas, hasta el robo de la bandera de España. Pero llegaron a Manila y desde Manila llegaron a España y fueron recibidos como lo que eran...


Los últimos héroes del Imperio más grande que jamás haya conocido el mundo


Una vez comentada esta maravillosa lectura no tardaré en comentar 1898: Los últimos de Filipinas. Película del presente 2017 que contó, o pudo contar, y dejó de contar con el asesoramiento de los dos escritores de este libro. Digo "contó" porque en los primeros estadios de su producción ambas partes contactaron y los historiadores se brindaron para ayudar a pulir y limpiar de incongruencias el guión original (en cuya primera escena aparecía un cocodrilo de mar con el brazo de un español entre los dientes, no os digo más...). A pesar de que todo fueron buenas palabras, al final el guionista cubano siguió haciendo de las suyas (ya os las contaré cuando haga de tripas corazón para ver de nuevo la peli, refrescarla y comentarla en el fancine) con el respaldo de su productora. Esto llevó a Miguel Leiva y a Miguel Ángel López de la Asunción a desmarcarse del proyecto y pedir que se eliminaran sus nombres de los títulos de crédito, cosa cumplida a medias por la productora porque desaparecieron de la versión de cine pero están en el DVD. Quizás para valerse de sus nombres y dar algún tipo de criterio, de rigor histórico a una película que podría resumirse en dos palabras: "Oportunidad perdida".


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Los últimos de Filipinas: Mito y realidad del sitio de Baler
Miguel Leiva y Miguel Ángel López de la Asunción
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Con mención a 1898: Los últimos de Filipinas, que pronto comentaré en el fancine


Acabo de mencionar a los dos autores de este libro: Miguel Leiva y a Miguel Ángel López de la Asunción



Qué deciros de ellos.

Que no puedo comentar un texto, por largo o breve que sea, que haga justicia a 20 años de trabajo.

Porque ese es el tiempo que han dedicado a los héroes en Filipinas.

Una gesta en el tiempo (y en cierto modo, en el espacio) que arrancó Miguel Ángel, apasionado por la épica de los de Baler. Yendo y viniendo, buceando entre documentos: ayuntamientos, parroquias, museos, recuerdos personales de los descendientes de los héroes... 20 años investigando para volcarlos en este libro con la ayuda de Miguel Leiva, quien se sumó al proyecto hace casi una década.

Me consta que reunieron muchísimo más material pero decidieron abreviarlo para condensar la información de verdadero valor, sobre todo para los lectores profanos, para que pudieran recorrer este episodio de nuestra historia de cabo a rabo para ceder todo el protagonismo, cierto es, a los verdaderos protagonistas "los héroes de Baler". Pero no neguemos que sin el trabajo de dos amantes de la Historia, de dos españoles confesos, no habríamos podido salir del error y nos habríamos quedado con el mito sin conocer la verdadera historia de estos españolitos que se partieron el pecho por España.


Los últimos de Filipinas: Mito y realidad del sitio de Baler - Miguel Leiva y Miguel Ángel López de la Asunción - Actas Editorial - Los últimos de Filipinas - Baler - el troblogdita - ÁlvaroGP - Con mención a 1898: Los últimos de Filipinas que pronto comentaré en el fancine
Los últimos de Filipinas: Mito y realidad del sitio de Baler
Miguel Leiva y Miguel Ángel López de la Asunción
Actas Editorial - Los últimos de Filipinas - Baler - el troblogdita - ÁlvaroGP

Con mención a 1898: Los últimos de Filipinas, que pronto comentaré en el fancine

No pude asistir a la presentación del libro (por motivos de trabajo) pero mi amigo Chema se hizo con un ejemplar para mi y me lo regaló. Lo devoré y quiso la buena fortuna que, con el paso del tiempo, hablara con ellos y quedáramos para debatir, departir y disfrutar hablando de historia dos de mis amigos, David Feito y Chema, con ambos autores. En dicha cita, prevista para un rato y que se extendió casi cuatro horas, estamparon su libro con estos sellos que habéis ido viendo a lo largo de mi escrito. Estos tampones son reproducciones exactas de los sellos originales. Además son las que salen en la película de 1898.

Estoy seguro de que podría haber profundizado en los protagonistas de esta gesta. Que podría haber explicado a fondo quién fue Enrique de las Morenas, o haberos hablado de Juan Alonso Zayas, incluso del más famoso de todos, Saturnino Martín Cerezo (quien sí aparece un par de veces en este comentario), o el médico, o los frailes... pero no. Aquí hablo de mis impresiones al leer este magnífico libro. Hablo de algunos de los episodios, quizás los que a mi más me han impactado. Hablo y comento, porque si quisiera profundizar en demasía, al final, dada la documentación que contiene el libro, terminaría parafraseando y copiando párrafos enteros que no tienen desperdicio. Con esta entrada espero haber descubierto a alguno de vosotros este episodio de nuestra historia. Mucho más largo y profundo de lo que yo he escrito y descrito. Es más, espero, de corazón, haber despertado vuestra curiosidad y haber logrado que alguno de vosotros se decida a comprar este libro y descubra que solo he arañado la superficie de un diamante en bruto pulido por sus dos autores con pasión y rigor.


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Miguel Leiva y Miguel Ángel López de la Asunción
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Con mención a 1898: Los últimos de Filipinas, que pronto comentaré en el fancine

No me queda más que despedirme, y lo haré haciendo mío el grito que tantas y tantas veces ha dado fuerza física y moral a nuestras tropas, sea dentro de España, sea en cualquier rincón de este maravilloso orbe que habló y sigue hablando español de norte a sur, de oeste a oeste incluido en Cataluña.


¡Cierraspaña!


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